martes, 25 de diciembre de 2012
Deliberación
La configuración que han decidido darse buena parte de las fuerzas políticas opositoras dificulta el debate político.
Al calor del desacato a la Ley de la principal corporación mediática argentina, han elegido el camino de la erosión y la desestabilización. Fracasarán, el gobierno nacional tiene una holgada legitimidad y apoyo popular para impedir aventuras alocadas.
Es una pena que se resistan a discutir qué país quieren. Empobrecen la discusión democrática.
En definitiva, independientemente de cómo las élites políticas opositoras realicen sus ejercicios de esgrima; de fondo, subyacente, hay un pueblo, hay una democracia cuya realidad excede largamente los avatares de los representantes o de las élites.
Y lo que afecta al conjunto y hay que discutir, máxime en un contexto con tanta información trucha, con tanto lugar común manipulado, son los proyectos de país que están en juego.
Una sociedad democrática siempre requiere una utopía de deliberación.
La idea del Ágora de la Atenas clásica permea todas las concepciones de democracia. Es claro que ni aún en aquella Grecia la participación estaba exenta de problemas. Esclavos, inmigrantes y mujeres no formaban parte de los ciudadanos con derecho a la participación política. Aún así la idea de la Asamblea griega ha marcado todas las concepciones de democracia, que no pueden dejar de dar cuenta de cómo el pueblo se hace presente en el ágora.
Las sociedades han construido distintas concepciones de democracia.
La democracia liberal, representativa, fundada primariamente en un sistema de pesos y contrapesos destinado a poner límites al poder del Estado, es la concepción que imperó en buena parte de occidente. El riesgo para la “democracia” en esta visión está en un Estado demasiado poderoso. Cuando las empresas multinacionales están en condiciones de devastar países y poner en riesgo el planeta mismo, entre otras cosas, porque producen el calentamiento global, es bueno preguntarse qué vigencia tiene esta concepción. No es un dato meramente ilustrativo recordar el rol cada vez más destacado de los “contratistas”, mercenarios actuales, en las guerras imperiales de Estados Unidos y la OTAN. Es decir la guerra imperial privatizada, tercerizada, cuestión de “derecho privado”. El derecho “democrático” de los yankis a matar tercermundistas.
Pero esta idea de democracia no es la única. Aún dentro del mismo Estados Unidos, esta idea discute con otra: democracia es pluralismo. Allí, entonces, la democracia se juega en la existencia de discursos y proyectos diversos. Verdaderamente diversos no es falsamente diversos. Las opciones políticas principales en el apogeo neoliberal eran opciones falsamente diversas, opciones que simulaban discutir pero que coincidían en lo principal, lo que hoy se invoca como “consenso”. Ese falso pluralismo o consenso de Washington, sería más o menos así: ud. puede discutir si el candidato A es simpático, si tiene una linda familia o (con más pimienta) detalles de su vida privada pero no puede discutir qué política económica aplicar.
Otro concepto de democracia hace centro en la igualdad. No se tiene posibilidad de libertad si no se tienen iguales medios para discutir y participar. Será más democrática en esta concepción aquella sociedad que ha generado los mecanismos para no excluir ninguna parte del pueblo del piso material de ciudadanía.
Varios de los llamados populismos de nuestro continente tienen relación con esta concepción de democracia que pone en primer plano la necesidad de ampliar la ciudadanía, tanto política como social, económica y cultural para vastos sectores de la población.
También está permanentemente presente la democracia directa como anhelo que regula cualquier instancia asamblearia, instituyente o no.
En todas las concepciones, en todas las ideas de democracia, es necesario dar cuenta, justificar, cómo se conforma la voluntad popular. Cómo se construye la decisión democrática es una cuestión que cualquier sistema que se defina como democrático debe responder.
En todos existe una cierta utopía de deliberación. Los parlamentos fueron durante gran parte del siglo XX el lugar por antonomasia de conformación de la voluntad democrática en occidente. Pero también las repúblicas comunistas daban y dan respuestas a aquella pregunta. En última instancia el congreso del Partido opera como ámbito de constitución de esa voluntad.
Hay un lugar donde se discute y la palabra toma valor. Y lo que se discute no es si un representante tiene una o un amante, no se discuten las opiniones sobre el contrincante. Se discute qué política seguir.
¿Y nosotros? ¿Dónde discutimos qué política seguir?
Nuestro parlamento está en gran medida invisibilizado por el gigante mediático o cuando es mostrado se lo hace según el guión Magnetto.
Nuestra democracia, como otras en el continente, aspirando a más, respeta plenamente los pesos y contrapesos de la división de poderes.
Está vacante el lugar de la oposición en términos de la discusión de proyectos. Cuesta entender por qué la derecha no discute su proyecto.
Cuesta entender por qué no asume un lugar de enunciación y defiende un cuerpo de valores.
Las políticas de Derechos Humanos, la política de industrialización, la política jubilatoria, la concepción latinoamericanista, la defensa de la dignidad nacional como capacidad de decisión autónoma en cualquier foro, entre muchas otras señalables, son políticas en que el kirchnerismo ha innovado en la corriente más recorrida de la historia argentina.
No alcanza con que digan que no le creen al gobierno. Ya no importa qué opinan del gobierno. Comienzan a flotar en el aire las preguntas para ustedes:
¿Ustedes están de acuerdo con juzgar a los genocidas?
¿Ustedes están de acuerdo con defender la industria argentina? ¿Aún a costo de un eventual dolor de cabeza porque nos cuesta encontrar algún repuesto?
¿Ustedes están de acuerdo con que el sistema jubilatorio sea administrado por el Estado? ¿Están de acuerdo en que actúe como atemperador de las diferencias sociales? ¿O creen que “quien más aportó más cobra”, reviviendo la idea de la capitalización?
¿Están de acuerdo con el latinoamericanismo? ¿O prefieren el libre comercio con Estados Unidos?
Estas y muchas otras preguntas son relevantes para que los sectores opositores digan qué quieren, para que esbocen proyectos políticos que puedan confrontar, para ganar dignidad de las mismas fuerzas opositoras que bien harían en desmarcarse de la tutela corporativa.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Experiencias de socialización
Experiencias de socialización
Por: Carlos Almenara
10 de noviembre de 2012
Los análisis vinculados a las manifestaciones que se realizaron el 8 de noviembre han sido diversos, algunos como el del filósofo Ricardo Forster han buscado agudamente en las particularidades sociológicas de los colectivos en gestación cuya relación con la política y lo político tiene una articulación difícil. La pretensión de su usufructo por fuerzas opositoras pareciera llevarlas a renunciar a ser ellas mismas y asumir un “seguidismo” de voces exteriores a la política (a la política institucionalizada en organizaciones y partidos pero no ajena a quienes han colonizado tradicionalmente nuestro Estado).
Me interesa presentar una hipótesis, por supuesto sujeta a refutación: para muchas de las personas que manifestaron el 8 su participación en el evento es una irreemplazable aventura de socialización, un encontrarse y reconocerse con otros, un cerrar el ciclo comunicacional que comienza con un conjunto de creencias impulsadas desde la pantalla.
No es un proceso que inicia ahora. Publiqué un análisis totalmente coincidente con éste, aunque con el acento en otros puntos, en setiembre de 2009. Puede verse en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=91756.
Varios problemas se suman a la hora de caracterizar el reclamo. Uno no menor es el hecho de que participen militantes de fuerzas políticas opositoras que no se identifican. Anunciaron su participación comprometida militantes de gremios como gastronómicos o camioneros. Pero escondidos. Es extraño para los cánones aprendidos.
Pero evidentemente todos vemos, y los organizadores antes que nadie, un sujeto social conformado en gran medida por individuos con características definidas.
Me refiero no sólo a cuestiones de clase social o atributos demográficos sino a un modo de ser en el mundo, de vivir.
Personas aisladas o familias aisladas que construyen su interpretación del mundo televisión de por medio. Que no tienen o tienen escasas mediaciones colectivas distintas al televisor. Están convencidas de la preeminencia de lo individual sobre lo colectivo, jamás aceptarían que su “logro”, como decía en un reciente discurso el reelecto Obama, fue construido entre todos. Paradojalmente estos individuos necesitan reconocerse en una colectividad, colectividad que no reconocen en ninguna organización, pero sí encuentran otros como ellos en un evento como el del 8. Allí sí. Allí pueden demostrarse que lo que dice TN es cierto. Allí se mostrarán convencidos, construirán un nosotros al que darán carnadura y presencia física.
Hay entonces en el debate actual de modelos de sociedad un debate de modos de socialización. Una socialización del tipo 8 para la cual es necesaria un Estado mínimo, una preeminencia de lo individual y una lógica de la diferenciación. La afirmación de mi lugar en la sociedad depende de la persistencia de inferiores simbólicos.
Y hay otra socialización posible que urge construir y reconstruir. Esa otra socialización, de la participación, de la inclusión, de la igualdad propia del ámbito democrático de lo público. Actualizando el eterno principio subversivo: un hombre, un voto. Todos iguales. Ciertamente el desafío de construir esta otra socialización tiene enorme relación con la plena vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, pero remite también a otras posibilidades colectivas existentes y a crear: uniones vecinales, clubes de barrio, formas adicionales de militancia sindical, agrupaciones estudiantiles, grupos de estudio, bibliotecas populares. Formas todas de una socialización otra, una socialización no individualista, que tiene que tomar conciencia de sí misma y asumir su implicancia política, sin la cual reniega de sus mismas bases.
Históricamente los procesos emancipatorios, los que reparan injusticias, abren rumbos o posibilitan la multiplicación de las voces antes ocultas, generan una identidad, quizá múltiple, construida por nuevos pintores, escultores, cineastas, periodistas, escritores, arquitectos, científicos, ingenieros, inventores... Eso ya está ocurriendo hoy pero indudablemente es posible profundizar su radicalidad. El momento invita. Está pendiente también encontrar más discursos que den cuenta del proyecto colectivo, de estos modos de socialización humana que se contraponen a la ostentación qualunquista de un individualismo agresivo y excluyente.
martes, 16 de octubre de 2012
domingo, 2 de septiembre de 2012
Disputa de hegemonía
Por: Carlos Almenara
c.almenara@hotmail.com
Presidente Partido Encuentro Mendoza en Nuevo Encuentro
agosto 2012
El proceso político que vive nuestro país desde 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia, implicó paulatinamente grados crecientes de disputa de la hegemonía en nuestra sociedad.
Parte de esa disputa es, precisamente, referencial a su marco. La apelación colectiva a otros procesos del continente, radicalmente nuevos y a la vez arcaicos, aparece en la recuperación de la “Patria Grande”. El rechazo al ALCA de Mar del Plata, rechazo sustentado en la “corajeada” de Kirchner, Chávez, Lula y pocos más, puede verse como un hito central que posibilitó la confluencia en un ideario continental. Este suramericanismo fue imposible desde mediados del siglo XIX. A medida que se iban consolidando los estados nacionales, la afirmación nacional, la independencia, corría por cuerda de hipótesis de conflicto y conflictos efectivos entre vecinos. La defensa nacional era asustar si no atacar al país vecino. Las hipótesis de conflicto de la dictadura argentina fueron Brasil y Chile, en este último caso a un paso de la guerra. Claro, no se les ocurrió a los genocidas pensar en Inglaterra... Es ya señera a este respecto la idea de J. A. Ramos de que el “triunfo” de las independencias nacionales fue el fracaso de la gran nación Suramericana.
Hasta la presidencia de Kirchner, en que por decisión política y contra toda la ortodoxia diplomática se cambió, la línea de la Cancillería argentina fue impedir cualquier avance de Brasil para “mantener el equilibrio en la región”.
Para un país cuyas élites lo pintaron como un espejo de Europa, tanto que quisieron llenarlo de inmigrantes europeos, una política de integración continental es un cambio trascendente. (Dicho sea de paso, cuando los inmigrantes europeos empezaron a crear sindicatos las élites apelaron al gaucho como emblema patriótico, sí ese mismo gaucho que habían mandado a las fronteras, perseguido y matado).
La disputa en torno a la posibilidad de desarrollo industrial ha sido también un eje de tensión histórica que marcó la preeminencia de la visión de que Argentina debe ser “el granero del mundo” y aceptar el rol subsecuente en la división internacional del trabajo. Esta visión opera desde antes de la generación del ’80 hasta la dictadura y Menem. Simplemente no es posible ocupar nuestra población y nuestra geografía en un modelo agroexportador pasible de atender, en el mejor de los casos, a un cuarto de los más de 40 millones que somos y una proporción aún menor de nuestra geografía. Un modelo industrial sí permite convivir con un exitoso desarrollo rural.
La política de derechos humanos, vanguardia en el mundo, de una profundidad ética y jurídica inimaginable en la Argentina de antes es otro de los pilares centrales (probablemente el principal) del ciclo iniciado en 2003.
He mencionado aquí solo tres de muchos cambios paradigmáticos que suponen disputa de hegemonía. Podríamos mencionar muchos otros, pero al menos estos: suramericanismo (y/o latinoamericanismo), industria con la consecuente creación de trabajo, y derechos humanos son imprescindibles.
Las amenazas de clausura, de giro político para “volver al orden”, es decir a un estado gobernado por el poder concentrado o sus representantes, abarcan ya casi homogéneamente a una oposición que resignó cualquier conato de dignidad, pero no sólo a ellos.
En la Mendoza de estos días se ha tratado un proyecto de Ley, denominado “Ley Petri”, no sólo inconstitucional y estigmatizador de los pobres sino también ineficaz. Este esperpento tipo “leyes Blumberg”, claramente en las antípodas de las políticas nacionales de derechos humanos y seguridad democrática, puso sin embargo en aprietos a muchos legisladores oficialistas (y no sólo a legisladores).
En estos campos se disputa también el futuro. Avanzamos en la profundización del ciclo emancipatorio en lo nacional y lo social o volvemos a que los bancos gobiernan la economía, las multinacionales nuestras posibilidades de consumo y la obediencia a los Estados Unidos la política internacional. Allí sí, no queda otra opción que armarse bien, con muchas armas, para protegerse de las hordas de miserables que genera el proyecto. La política allí, para servir al poderoso.
Disputar la hegemonía en una sociedad requiere sumar muchas fuerzas. Cualquiera que lo intente, cualquier defensor leal del ciclo iniciado en 2003, se alegra cuando se suma y pretendería evitar toda deserción. Pero seamos claros, sumar al proyecto supone fortalecer postulados básicos del mismo, no declamar una obediencia que no se ejerce ni hacer esgrimas discursivas.
Este próximo parece que será un tiempo muy excitante para ejercer una fuerte militancia a favor de las posibilidades de nuestro país y nuestro pueblo, las amenazas aparecen cerca y lejos.
Buitres represivos en la política mendocina
por: Carlos Almenara
c.almenara@hotmail.com
Presidente Partido Encuentro Mendoza en Nuevo Encuentro
agosto 2012
Dos hechos recientes quiero mencionar como preocupantes:
- El proyecto de la denominada “Ley Petri”, un proyecto inscripto en la exacerbación de la violencia institucional contra los sectores populares que encontró un eco conceptual notable en la Legislatura provincial acompañada por los medios de la comunicación concentrada.
- El ataque a La Cámpora y en general a la juventud y a la militancia que se ha manifestado en la impostura y sobreactuación de las oposiciones políticas y sectores de la comunicación mediática. Este ataque apunta también a la concepción política de “lo político”, la concepción de política cuestionada como “adoctrinamiento” es en verdad la idea de que podemos discutir hacia dónde marcha y cómo se organiza nuestra sociedad. Quienes la cuestionan están acostumbrados a que esto no se discuta, los representantes “representan” los intereses del poder, discutir no se puede... en fin, el viejo conocido discurso único que hoy muestra sus linduras en Europa.
Estos dos hechos exhiben las ansias de carroña de la oposición real al proyecto político, es decir, el poder y la comunicación concentrados, pero también de la oposición política que no ha encontrado más camino que representar el pasado y el poder real para posicionarse.
Es condenable que para hacerlo apelen a discursos que derivan en represión, pero por otro lado es inevitable porque las derechas parecen no encontrar otro modo de convencer que con palos y silenciamientos. Lo vemos en Chile, en España, en Grecia y siguen las firmas.
Hay también muchos sostenedores del proyecto que se ven muy tentados por una “vuelta al orden”, volver a circular sin cuestionamiento por los despachos de empresarios poderosos, volver a los estudios de televisión con periodistas que los miman... hay que reconocer que a muchos eso les tira. Ojalá perciban que se ha ido constituyendo un pueblo que sabe mirar y entender.
Mientras tanto el proyecto de “vuelta al orden” en Mendoza tiene en Cornejo el ariete principal. La permanente apuesta represiva muestra la asunción de que su espacio político es el de una derecha liderada (por ahora) por Macri, con quien ya tiene sus acuerdos firmados y la correspondiente foto.
Como decía Néstor Kirchner qué bueno sería para la democracia argentina tener una derecha organizada políticamente y democrática. Lo lamentable es que estas expresiones de derecha no encuentren otro discurso que la represión, la construcción del pánico social y el silenciamiento de la discusión política.
Dieciséis
Por: Carlos Almenara
c.almenara@hotmail.com
Presidente Partido Encuentro Mendoza en Nuevo Encuentro
setiembre 2012
Se ha presentado en el Senado de la Nación un proyecto de Ley que habilita a los jóvenes de entre 16 y 18 años a votar de modo voluntario y ello ha provocado un inquieto debate.
Adelanto mi opinión al respecto: es una ampliación de derechos democráticos y en consecuencia muy deseable.
Igualmente me parece central discutir dos argumentaciones falaces o parciales.
¿Señores preparados?
La primera cuestión es qué tan “maduros” están los jóvenes. Qué tanto adolecen los adolescentes y cosas semejantes. Por supuesto que los ciclos vitales no permiten identificar cambios imputables a fechas precisas. Nada indica que un joven cuando cumple 18 “madura”. ¿Cuántos conocemos que cumplen 18 y no maduran?
Más, ¿cuántos conocemos que cumplen 20, 30 y no maduran?
No pretendo precisión en el uso de categorías psicológicas pero conozco mucha gente mayor, y aún muy mayor, que piensa la política con un sorprendente infantilismo.
Mucha gente la piensa con desdén hacia el otro. He escuchado varias veces en mi vida – a ... (tal grupo) hay que matarlos a todos. Lo he escuchado de gente mayor, de gente que vota y me cuesta imaginar razón más valedera para impugnar el voto o la opinión de alguien que un dicho semejante.
Es que en realidad la razón de que un joven de 16 vote no es que piense “bien” o que piense “mal”, no es qué tan maduro o inmaduro esté, la razón es que constituye el demos, constituye la fuente de legitimidad del sistema democrático.
Las personas no tienen derecho a votar porque piensen como yo o por cómo piensen, votan porque la base del acuerdo democrático para vivir juntos es que el poder político se construye a partir de los ciudadanos y a esos pibes ¿no los vamos a considerar ciudadanos?
Y si los vamos a considerar ciudadanos que voten a un músico punk o a un político tradicional será tan racional como muchas decisiones que tomamos los mayores, pero será su parte en el pacto de convivencia.
Porque, finalmente, el argumento de que los jóvenes no están preparados es el mismo argumento de todas las épocas para el voto calificado según el que sólo ciertas élites con cierto pensamiento puede votar.
¿El voto como el gusto de un helado?
El otro argumento, implícito, es el del modo en que se decide el voto.
De pronto se apela a una representación de la situación según la cual los adultos a la hora de votar ponderan argumentos, sopesan las distintas opciones y finalmente actúan con arreglo de medios a fines, en una racionalidad sin cortapisas frente a lo cual los jóvenes serían unos bobalicones impredecibles.
Los adultos no actuamos así, ni para votar ni para casi nada en la vida y desde ya los jóvenes actúan tan racional o irracionalmente como los adultos.
No actuamos de modo sólo racional pero tampoco mediante caprichos indescifrables. Y sobre todo tampoco actuamos solos.
El voto es, por supuesto, expresión de autonomía individual pero es también expresión de la propia clase social, de los grupos en que nos socializamos, de la familia en que vivimos, de múltiples peripecias de nuestro vivir con otros.
La idea de que el todo social es la suma de individuos autónomos aislados es por lo menos incompleta. Según mi visión es simplemente errónea.
Esto es importante plantearlo porque es un postulado epistémico en que se fundan muchas trampas discursivas del poder.
En economía, por caso, la concepción atomística, individualista de la sociedad sigue siendo el paradigma interpretativo dominante pero que también actúa como mandato para los procesos colectivos. El supuesto de la búsqueda del máximo beneficio individual resulta un a priori no validado que contradice la experiencia de cada uno de nosotros que, por ejemplo, resigna trabajo por cuestiones familiares, que no se va de su ciudad aún con mejores alternativas o renuncia a un trabajo que le resulta insoportable aunque gane bien. Claro que si durante generaciones se repite en las escuelas y a través de otras fuentes discursivas que el egoísmo es el único motor válido para la economía seguramente esto tendrá consecuencias. Nada de todo esto está en la naturaleza de las cosas, es tan convencional como cualquier otra convención. Y si no planteamos un modo de vivir con los otros y no contra los otros el planeta no resistirá.
La concepción de la sociedad como individuos aislados y competitivos se presenta también en otras múltiples situaciones que van desde los cuestionamientos a la “disciplina partidaria” a la mirada a la política como un juego competitivo de líderes individuales donde prima el psicologismo y el anecdotario personal.
Resumiendo, votar a los 16 para quienes quieran es ampliar ciudadanía, nada tiene que ver con cómo decidan los jóvenes y el voto, como muchas otras cosas, no es un consumo hedonista y solitario sino una práctica social que refleja también los distintos mundos que conviven en nuestro país.
domingo, 22 de julio de 2012
Otro fruto de la “mano dura”
22 de julio 2012
Hemos conocido entre jueves y viernes pasados el video de policías salteños que torturan detenidos. El hecho es cualquier cosa menos una casualidad.
“No son policías, son delincuentes” sostuvo el ministro de Seguridad salteño. Una frase que busca tranquilizar pero que no es cierta.
La preocupante verdad es que son policías y actúan según un patrón, una cultura y un conjunto de intereses políticos, empresariales y mafiosos que no puede producir resultados muy distintos a estos.
¿Por qué alguien haría algo tan atroz? ¿Cómo puede construirse semejante nivel de complicidad que supone que todo un grupo actuaba de este modo? ¿Piensa alguien que era la primera vez que lo hacían? ¿No sabían otros compañeros lo que pasaba? ¿No parece en las imágenes y testimonios algo “naturalizado”? ¿No hay acaso una infinidad de antecedentes de tortura recientes, hechos públicos, entre ellos, lamentablemente, en las cárceles de Mendoza?
Estas son sólo un puñado de las cientos de preguntas posibles que muestran un sistema pútrido que encuentra en la demagogia punitiva su principal aliado.
El sistemático ataque a las garantías individuales que supone cada una de las andanadas “tipo Blumberg” a la que políticos cobardes responden con sumisión, refuerza la concepción de la policía como un sistema cerrado exento de controles, cada vez con mayor poder sobre los ciudadanos; y lo que es peor, la prepara como un grupo de choque contra pobres, jóvenes y otros grupos objeto de miedo de lo que Jauretche llamaba el “medio pelo” argentino.
Deben hacerse cargo los legisladores que firman proyectos de “mano dura” que cuando dan sus mensajes de “dureza” la consecuencia inevitable es ésta. No es creíble que no lo sepan.
Cualquier pibe de una villa sabe que el dedo le apunta a él. Los tienen abonados. En Salta como aquí. Son los que sufren los peores abusos. ¿Quién le enseñó esto a los policías?
Control político de la policía, fuerte control porque no se puede dar un arma en nombre del Estado a alguien que no esté sometido a un fortísimo control, protocolos estrictos de actuación, respeto de los derechos de cada habitante, desarme de la población civil, recuperación de los espacios públicos, inserción social y productiva, en un contexto como el propuesto en el “Acuerdo para la seguridad democrática” constituirían, de aplicarse, políticas inequívocas en el sentido opuesto a las que llevan a tener policías torturadores, y, muy probablemente, con resultados muy superiores en cuanto a reducción de indicadores de delito.
Sin embargo hay que destacar dos aspectos centrales.
1. Después de casi treinta años de gobiernos electivos y vigencia del estado de derecho es inadmisible continuar con policías que actúan como guardianes de los ricos y poderosos de nuestra sociedad. Con toda la carga de prejuicios, discriminación y abusos que policías con esta impronta cometen en contra de la población. No son los policías los únicos responsables, la autoridad política que fija líneas, prioridades, pautas de acción, tiene la primera responsabilidad en cuanto al marco de valores que se difunde.
2. Derechos humanos como una premisa fundante del accionar de las fuerzas de seguridad. El modo en que suelen presentarse los derechos humanos, como opuestos a la seguridad individual, es una falacia lamentable. Es precisamente lo contrario. El respeto a los derechos humanos es nuestro pacto de convivencia y debe ser garantizados a todos los habitantes. El policía es un actor fundamental para efectivizar este pacto de convivencia. Tenemos que revisar toda la carga de prejuicios de los policías con respecto a distintos grupos de personas que luego son víctimas de abuso. Pobres, jóvenes, prostitutas, travestis, homosexuales, adictos y muchos otros colectivos o identidades conocen bien la saña y el desprecio con que un oficial puede tratar a un ciudadano.
Un Estado que se asume popular, que decide construirse como casa de todos, no puede aceptar que los agentes que operan en su nombre descuiden, maltraten o vulneren derechos de ninguno de sus miembros. La dirigencia política no puede seguir mirando a otro lado o recurriendo a mentiras y engaños flagrantes de tipo “mano dura”. Pero los policías, los agentes, los de la esquina o el patrullero, harían bien en pensarse como actores activos de esta transformación, que supone antes que nada, saberse parte de pueblo, actuando para todos y cada uno, más allá de qué tanto les guste a ellos ese cada uno, y mirarse a sí mismos como servidores públicos. No de los ricos, no de los poderosos, sino de todos y por qué no, más de los más desamparados. Por qué no, un promotor, constructor, efectivizador de los derechos.
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